Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

28/01/2016

Un delantero con un extraño don.

Rogelio Funes, el memorioso

La historia de un futbolista con una gran virtud que no pudo desplegar sobre el campo de juego.

foto del periodista

Gastón Luis

Rogelio Funes, delantero de área que supo jugar en el fútbol argentino, recordaba todas y cada una de sus acciones, e incluso recordaba los recuerdos de las mismas. Al enfrentar al arquero, Rogelio conocía con precisión todas las variantes existentes. Recordaba cada una de sus definiciones desde que comenzó a jugar, la mayoría fallidas. En milésimas de segundo su instinto determinaba la ejecución.

Si el arquero salía rápido intentaba puntearla por debajo del cuerpo, si el balón se levantaba antes de la recepción la tocaba sutilmente con la cara interna para definir de emboquillada. En algunas ocasiones ejecutaba una gambeta hacia uno de los costados para dejar en ridículo al arquero. En los centros atrás pateaba de primera sin vacilar, si la pelota iba a media altura y al primer palo el anticipo ofensivo era con el parietal izquierdo de la cabeza, si recibía de espaldas y giraba hacia su izquierda el derechazo era con el empeine, seco y esquinado.

Sin embargo, a menudo solían surgir imprevistos que lo dejaban con un sabor amargo en la garganta cuando miles de insultos comenzaban a bajar desde las tribunas como cataratas, tanto desde la popular más económica como desde el palco más exclusivo. Una pelota tres metros arriba del travesaño, un tiro tan cruzado que pasaba más cerca del juez de línea que del arquero rival, pifias que el propio jugador atribuía al mal estado del campo de juego, el estruendo de alguno de los palos (generalmente el derecho), la mano salvadora del arquero acompañando la pelota hacia el córner o el despeje desesperado de algún defensor central deslizándose sobre el césped.

Definitivamente su hinchada no le tenía compasión. Rogelio Funes recordaba cada uno de los reproches, bromas e insultos que había recibido en su carrera. El que le había dicho aquel señor canoso de bigotes y lentes mirándolo a los ojos desde la platea, el “meté una” de un adolescente con auriculares al que la camiseta le quedaba un tanto chica, el “perro” que la popular emitía al unísono y de manera sincronizada cada vez que fallaba, y otros cientos que resonaban en su mente sin tener en claro el lugar de donde provenían.

La cabeza de Rogelio era un cúmulo de recuerdos negativos: goles errados, insultos, fallidos en conferencias de prensa. Su equipo estaba cada vez más lejos de la quimera de ser campeones y, contrariamente, más cerca de los últimos puestos de la liga argentina. La camiseta número 9 había sido la más vendida temporada a temporada, pero aquel año la demanda fue tan baja que algunos comerciantes optaron por ofrecerla a mitad de precio.

El técnico del equipo intentaba defenderlo con declaraciones incapaces de convencer hasta al niño más inocente. “Ya se le va a dar y van a empezar a entrar todas”. “Es un 9 que no hace goles, pero juega para el equipo”. “No define mal, le falta suerte”. Y otras frases que provocaban el susurro y las risas socarronas de los periodistas que asistían a las conferencias.

El problema comenzó a profundizarse, por lo que el club recurrió a especialistas en el tema. Los psicólogos deportivos aseguraron que Rogelio Funes, el memorioso, era incapaz de interpretar el juego. No entendía lo que requería cada jugada, solo repetía fórmulas fallidas. Su memoria lo había transformado en una máquina, anulando por completo la capacidad de disfrutar del deporte que tanto amaba, o al menos, eso repetía desde que tenía 7 años.

Paradójicamente, en las divisiones inferiores ya comenzaba a hablarse de su hermano mellizo, un tal Ramiro Funes. Defensor central, Ramiro no había heredado la buena memoria de su hermano. Muchos decían que era menos dotado técnicamente, pero poseía otras tantas virtudes.

“Los psicólogos aseguraron que Rogelio era incapaz de interpretar el juego. No entendía lo que requería cada jugada, solo repetía fórmulas fallidas”.

Ramiro Funes no era capaz de recordar siquiera donde había dejado las llaves diez minutos antes. Sin embargo, disfrutaba del juego como nadie. Su gran confianza lo llevaba a creerse mucho mejor de lo que en verdad era y a ser ovacionado por su hinchada en Argentina. No le importaba equivocarse ni las críticas que eso podía acarrear y, a pesar de ser marcador central, terminó siendo más efectivo que Rogelio.

Las autoridades del club se mostraban cada vez más ilusionadas con Ramiro y, a la vez, decepcionados por la falta de eficacia de su hermano. Un día, mientras el memorioso estaba recordando todas las jugadas de los partidos del torneo, el presidente del club se acercó a él, puso una mano en su hombro y le informó con suma sinceridad que el club tenía intenciones de buscar otro 9.

Al notar el inminente crecimiento de su mellizo e invadido por la tristeza que le provocaba ver día a día su penoso promedio de gol, Rogelio Funes decidió anticiparse e irse de Argentina en busca de un cambio de aire. Fue vendido primero a Portugal, luego a Turquía y México. Sus representantes editaban con gran paciencia cada  mano a mano  hasta hacer que terminen en gol .De esa manera, Rogelio arribaba a cada club como una gran promesa.

Desde Argentina fueron pocos los que siguieron su carrera. Su paso por el club de sus amores fue, paradójicamente, sólo un mal recuerdo. A pesar de eso, en el exterior muchos aseguraban que había mejorado. Con los años su memoria fue mermando, prácticamente a la par de sus capacidades físicas para jugar al fútbol.

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