Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

30/05/2016

Carrera de mente.

La meta

foto del periodista

Agustín Casa 

Recién 15 kilómetros. Pareciese que pasaron horas. Pero no. Apenas una y pico. Debe ser que uno pierde la noción del tiempo cuando corre. Sólo que llevamos alrededor de nuestra muñeca un accesorio que nos indica el tiempo. Entonces, atados a esa ayuda tecnológica, no estamos tan alejados de la percepción del tiempo. Sin embargo, estos primeros 15 kilómetros me parecieron eternos. No esperaba tanto viento en contra, ni tanta temperatura sobre el asfalto. Esperá. Saquemos lo positivo del asunto. Ese mismo viento que complicó el ritmo de carrera, te dio la bocanada de aire fresco que necesitabas para afrontar tan duro comienzo. Sabés muy bien que el arranque es fundamental. Aunque planifiqués una carrera de menor a mayor, los primeros kilómetros siempre son importantes. Y yo nunca sentí que pasara tanto tiempo luego de recorrer 15 kilómetros.

Ya está. No tengo que quedarme enganchado. Tengo que seguir con la estrategia de carrera. Se acercan los 20 y la mitad del trayecto será un parcial a tener en cuenta. El sol sube más y pica más a cada momento. Las gafas están un poco sucias. Ahora sí. Veo perfecto. ¡Qué lindo paisaje! Por un lado, una fila de bellos edificios me saludan. Por el otro, la calma del río me recibe con paz. Una paz exterior que contagia a la paz interior. Y todo corredor necesita esa paz interior. Frente a cualquier adversidad o pensamiento negativo, esa tranquilidad aflora en ese instante y evita nuestra frustración o peor aún: la rendición. Odio esa palabra. No la tolero. Acepto terminar un maratón media hora más tarde de lo previsto. Pero no resisto la idea de no terminar una carrera. No sé para qué me refiero a eso. Sólo me sirve seguir adelante. No debo pensar hacia atrás. Miralo al viejito. ¿Quién hubiera dicho que me pasaría por al lado y me dejaría parado? Es envidiable. Tener su edad y tener las capacidades atléticas para correr de esa manera.

No me importa el viejo. Mi único rival soy yo. Yo y sólo yo. Nadie más importa. Nada debe alejarme de este objetivo. El viento detuvo un poco sus embates. Voy a aprovechar a acelerar. Debo acelerar lo suficiente para alcanzar mi ritmo habitual de los entrenamientos. Sí, eso tengo que hacer. He entrenado duro. Me he esforzado mucho por lograr un ritmo aceptable a mis expectativas. No son las de la alta competencia, pero aún así me gusta exigirme. Las carreras de fondo no son para cualquiera.

Me siento más cómodo a este ritmo. Me siento más liviano, más ligero. Creo que voy a hacer una gran carrera. ¿Qué pasa ahora? Se me secan los labios, no encuentro saliva, me sudan las manos. Trato de mantener la calma, pero no puedo. ¿Qué es esa extraña sensación que recorre mi cuerpo? ¡Basta! Pensá con claridad. No es un problema grave. En realidad son síntomas comunes. Se soluciona con unos sorbos de agua. Van 20 kilómetros, el próximo puesto de hidratación está a un kilómetro. No es una distancia insalvable. Puedo llegar. Voy a llegar.

¿Dónde está ese puesto? Me cansé mirando el mapa de la carrera y decía que a los 20 habría hidratación para los atletas. ¿Cómo puede ser? ¿O era a los 21? Ya no importa, la cuestión es que siento el desgaste y necesito agua. Oh, agua, ¡cuánta falta me hacés! Qué lindo sería desembocar en una fuente, cerrar los ojos, abrir los brazos, sonreír y abrir la boca hasta el límite. Qué refrescante sería un chapuzón en esa fuente, nadar en círculos, mirar al cielo de espaldas al agua, flotar como perro que va en busca de una pelota. Qué placentero sería recostarse en esa fuente y soñar que nado en otra fuente, una más grande, más moderna, más bella. Las fuentes, objetos con escasa utilidad. Pero su valor estético es incalculable. Algunos consideran que están sobrevaloradas. En cambio, para mí las fuentes de agua son metáforas de la existencia. Sin ese líquido transparente, incoloro, inodoro e insípido que sale como chorro, la vida, tal cual la conocemos, no se hubiera formado. Las fuentes inspiran un deseo vital. Al contemplarlas, el hombre queda absorto, obnubilado, hipnotizado como quien cree ver un oasis en el desierto. Así me siento yo en este momento, creo estar en el medio del desierto, en el medio de una carrera a pie, donde mis pies se hunden en la inestable arena, donde padezco las extremas condiciones desérticas. El puesto de hidratación sería el anhelado oasis. ¿Dónde estará? Veo la marca del kilómetro 22. ¿Habré visto mal el mapa? ¿O habré caído en un espejismo ante tanta fuente invocada?

Kilómetro 25. Ahora sí. Estoy recuperado.  Me hidraté unos kilómetros atrás y me siento mejor. En mi desesperación por unos sorbos de agua, no presté atención en qué kilómetro estaba efectivamente el puesto de hidratación. En fin, poco sentido tiene recordarlo en este pasaje de la carrera. A lo sumo debo mentalizarme en llegar al próximo.

Mis piernas han recuperado el ritmo. Veo con claridad hacia el frente. Veo a muchos corredores de espaldas, más cerca a cada paso. Me siento liviano. Mi cuerpo me acompaña, se queja menos. Yo lo exijo. Te exijo. Vamos, es el momento. ¡Adelante!

¿Dónde está el viejo? En el último trayecto debo haber pasado a unos 50 atletas, pero no lo veo a él. ¡Ahí está! ¡Es él!

No lo puedo creer. Me había ilusionado. Creí haberlo visto. Era otro viejo, parecido. Bueno, no tan viejo. Me deje llevar por el poco pelo canoso que adornaba su cabeza cuando lo vi. Una pena. Quiero sobrepasarlo. Quiero ver su rostro de sorpresa, al verme de nuevo al ataque. Quiero establecer una línea de respeto entre su edad y la mía. Algo así como treinta años, tres décadas, seis lustros. No dudo de su sabiduría, al menos en relación a los avatares de la vida. Pero confieso que sería frustrante que ese hombre me supere físicamente. No lo toleraría. No puedo fracasar. No voy a fracasar. ¡Te voy a alcanzar!

Por suerte las piernas todavía responden. 35 kilómetros no se hacen en vano. El cansancio se siente, pero el amor propio puede más. Y mientras las piernas lo permitan, hay que darle. Con ritmo, con paciencia, con hambre deportiva –esa agresividad positiva, instintiva, que no se relaciona a la violencia, más bien a la autosuperación y la competitividad-. Quiero llegar, voy a llegar. Quiero ganarle la posición al viejo, se la voy a ganar.

Ya falta poco. Qué lindo es leer kilómetro 40. Es un alivio. Es nostálgico. Es pretencioso. Es una trampa. La meta está cerca. Recuerdo los sobresaltos de la primera mitad. Quiero dejar todo en el trayecto final. La señalización me relaja y atenta contra mis intensiones. Tengo resto. En este segundo tramo, me hidraté cada vez que pude. Bueno, está claro que las piernas corren casi automáticamente, como engranaje de una maquinaria que no le permite frenar, que la obliga a continuar. Sigo, voy a seguir, voy a terminar. No voy a aflojar, no voy a parar. Puedo más, quiero más, estoy para más. Sobrepasé a cientos, voy por los que aflojan. Del viejo ni noticias.

La recta no esconde su final. A los costados, los espectadores se multiplican a cada paso, todos amontonados camino a la meta. Veo la llegada, veo el cartel que la señala, veo numerosos atletas cruzar la línea con los brazos extendidos. Veo cómo agachan sus cabezas y reciben sus medallas. Veo como algunos siguen corriendo, veo como otros se derrumban apoyados sobre sus piernas. Veo a quienes deben ser sujetados de ambos lados por voluntarios que los mantienen de pie. Veo a quienes sonríen para sacarse una foto, veo a quienes reciben el cálido abrazo de los suyos.

Yo vine solo. No es muy gratificante cruzar la meta de esa manera. Pero ahora mismo lo único que me importa es cruzar la meta. Y alcanzar la mejor ubicación posible. Detrás de mí hay un grupo numeroso, que me acecha a buen ritmo. Son todos jóvenes, más jóvenes que yo. Lo son. No voy a aflojar. Quedan 200 metros. Último esfuerzo, spring final. Piso el asfalto con ímpetu, doy pasos todo lo largo que la elasticidad de mis piernas me lo permiten. Respiro breve y velozmente. No van a conseguir pasarme.

Últimos 50 metros. Reconozco esa calva, ya he visto ese pelo. Es él. Sí, el viejo. No puede más. Su aspecto ya no imprime frescura. Está cansado, está exhausto. Te voy a pasar. Te estoy pisando los talones, viejo. Y los pendejos me los están pisando a mí. Tengo que seguir así. Dale, dale, dale. Últimos pasos, lo voy a pasar.

No esperaba esto. El viejo se cayó. Lo veo ahí atrás, rodillas en el asfalto, lágrimas en los ojos. Los muchachos pasan a su lado, casi por encima suyo, como con desprecio. No puede ser. Freno. Retrocedo. Lo ayudo a levantarse. Nos ponemos en marcha. Sólo unos pasos más. Sólo un paso más. Lo logramos. Cruzamos la meta, a la par, al mismo tiempo, como si hubiéramos hecho toda la carrera juntos.

Ahora lo veo con claridad. Estuve tanto tiempo sesgado. ¿Qué importan los tiempos o las posiciones? En un maratón lo verdaderamente importante es llegar y experimentar diferentes tipos de sensaciones a lo largo del camino. Lo esencial es disfrutar el encuentro con el otro.

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