Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

27/02/2016

Alí, el carismático. Foto: Mirror.co.uk

La leyenda del ególatra sincero

Adorado por millones, verborrágico, polémico y dueño de un estilo único sobre el cuadrilátero, Muhammad Alí ha trascendido largamente a la figura del boxeador para convertirse en una estrella mundial.

 

Por Gustavo Pernas

Las leyendas siempre tienen algo épico. Estos relatos se pueden escuchar de boca en boca, en un fogón campestre o leerlos a los niños antes de ir a dormir. Demandan algo de magia. Pero sabemos que hay un punto en que requieren muchas dosis de realidad, de epopeyas, de villanos y enemigos para hacerlas legendarias. Ahí es donde se quiebra todo. Un punto perdido en el tiempo en el cual no recordamos cómo comienzan las historias. Algo tan fugaz que nadie lo nota y otras veces tan lento y progresivo que tampoco los mortales lo perciben.

El joven Cassius Marcellus Clay escuchaba una pelea de Rocky Marciano por el transistor radial y su imaginación volaba en aquella tarde en Pennysilvania. Su padre pintaba y escuchaba el combate. El fanatismo del niño sumado al talento del relator lo hacían ver cada golpe de La Roca Italiana. Parado en su bicicleta miraba al padre. Ambos sonreían. El viejo pintor por compartir ese momento varonil con el hijo, el joven cada vez que la radio decía la mágica frase: “Campeón del Mundo”. Su papá lo observó pero no le preguntó nada. Sabía que, como dicen algunos; interrumpir a un niño imaginando es matar un mundo.

Lo anterior fue el preludio del germen. La pelea de fondo. Los primeros rounds de esta historia son conocidos en forma de anécdota pero merecen ser contados nuevamente: el niño un día dejó su bicicleta Schiwinn estacionada en las calles 4 y York para ir a ver una exposición. Cuando regresó, comprendió que le habían robado. Alguien que la historia nunca conocerá le señaló el destino: “Allí hay un policía, un tal Martin”. El chico fue, y el tal Martin –Joseph Elsby Martin- estaba allí enseñando boxeo.

Tiempo después, en 1954, el muchachito que imaginaba y encontró su destino era guante de oro novicio en peso mosca. Sabía que lo suyo no era cuestión de suerte, sino de convicciones: “Voy a tener que comer mucho señor Martin. Pues yo quiero ser campeón peso pesado”.

Le tenía pánico a los aviones. Tal vez por eso temblaba. Pero quizás no sólo por eso. También por la excitación que ya, por entonces, le provocaban los micrófonos. La medalla dorada olímpica colgaba en su pecho orgulloso. Él sacó un papel de su bolsillo y reveló al mundo su otra faceta: poeta. Leyó algo titulado: “Como Cassius tomó Roma”. Los italianos, con el fervor que es parte de su ADN, le ofrecieron la nacionalidad, el imperio. Él les agradeció y volvió a su Louisville natal.

Crédito foto: Mirror.co.uk

La medalla ya no colgaba del pecho. Ahora estaba suspendida en el aire. El Río Ohio esperaba para deglutirla en su inmensidad de cauces. Louisville agradecía y admiraba que entre sus hijos pródigos estuviera un campeón olímpico. Pero resulta que cuando el muchacho quiso tomarse una Coca en un lugar para blancos le recordaron que no era el emperador Cassius, sino un negro. Y cuando fue a visitar a un sponsor lo hicieron entrar por la puerta de atrás. Su logro no servía para nada y entendió que el respeto llegaría al hacer suyas las palabras de aquel relator radial que le contaba las epopeyas de su ídolo Marciano. Cuando la presea se acostó para siempre en las profundidades de aquel colchón de agua, algo se rompió en su estructura. No quería ser parte. Ya no sería el mismo, literalmente.

El promotor intenta secarse la frente con un pañuelo bañado. Tiene el rostro desencajado y su voz se torna fina, nerviosa: “¿Ali? Eso es una locura tan grande que no hay pelea, eres Clay o no hay combate”. Anthony Mc Donald no está acostumbrado a responder preguntas, sino a hacerlas. “Mis empleados me cuentan que fuiste a ver a ese Malcon X, que visitaste una mezquita del Islam en Nueva York… ¿Estás loco? Es la peor publicidad que se le puede hacer a la pelea. En este film vos sos el bueno y él es malo, vos sos el débil y él el fuerte, la gente tiene que quererte a vos, ¿y te la vas a tirar en contra con líos religiosos? No hay pelea con Liston”.

“No la habrá entonces”, dijo nuestro héroe y pegó el portazo.

Por supuesto, la pelea se realizó. El promotor aceptó que Clay no renegara de su religión y sólo le pidió que no lo haga público. Fue demasiado Alí para “El Oso Feo” como había bautizado a su rival. Como todo gran triunfo, tuvo carácter fundacional: el ahora campeón notaba sus cualidades y el poder de desgaste que ejercía ante su rival no sólo por sus dotes, sino también por su capacidad de “achicar” a su eventual contrincante con el filo de su lengua. Pero además, fue el comienzo de un idilio que lo ligó a su célebre entrenador Ángelo Dundee: “Yo había hecho cambiar todas las botellas de agua para la pelea con Liston porque no confiaba en él. Por el quinto asalto tenía linimento en el ojo y el ardor no me dejaba ver. Quise abandonar y él me empujó diciéndome que era una pelea por campeonato del mundo y éstas se ganan peleando. Sin su empujón, habría hecho el papelón de mi vida”.

Luego le dio la revancha a Liston y la foto más emblemática. Alí gritando, su rival en el suelo. Se dedicó a pasear su estilo novedoso, su andar dinámico sobre un ring de pesos pesados. Toda una revolución para lo visto hasta entonces en la categoría. Y acumular millones, por qué no. Parecía que nada lo iba a parar. Pero…

“Yo sé los síntomas, se siente cansado, flojo, sin fuerzas… ¿Sabe? Lo vi con Holmes y no fue él el que le ganó. Fue su enfermedad, su mal de Parkinson”.

Su historia con el ejército venía de larga data. Fue clasificado no apto, se rehusó a contestarles en otras oportunidades y para el conflicto de Vietnam Alí ya era un personaje bastante irritable para los sectores más conservadores de EE.UU. Cuando se lo volvió a considerar apto y fue citado para participar, el apeló su ingreso. Y dio fundamentos: era un objetor de la guerra, un ministro de Dios y un hombre de familia que podía sufrir financieramente si ingresaba a la misma. De esta manera, enjuiciaba un conflicto del que nadie quería hablar. La respuesta no se hizo esperar: le quitaron el título y la licencia para boxear.

Estaba de regreso. 1970 lo encontraba noqueando a Quarry y celebrando una trabajada victoria ante nuestro Ringo Bonavena. Se dice que a los milicos argentinos no les gustó mucho la caída de Ringo ya que esperaban que el símbolo de la rebeldía negra cayera ante la nobleza, la picardía y sobre todo, la dócil ignorancia en temas políticos de Bonavena. Volviendo al boxeo, había una luz de alarma en el interior de Alí luego de estos combates: entendía que sus rivales aguantaban sus golpes. En la pelea con el argentino, observaba atentamente Joe Frazier.

Así como la famosa saga de Rocky o bien Breaking Bad tienen capítulos con peso específico propio; nada que pueda referirse a la historia del boxeo contemporáneo pueden pasar por alto los tres combates de nuestro héroe ante Frazier y la pelea de Zaire ante Foreman. No serviría en modo alguno separarlos para tratar de entender la magnitud de la leyenda. Aquí es donde Alí – para el cronista-, pasa de la popularidad mundial al tamaño de mito. La primera pelea lo encuentra en carácter de retador, con una bolsa de dólares extravagante para la época: 4.500.000 a repartir para cada uno. Es la primera vez que el campeón cayó. Su desmoronamiento en el último round provocó asombro, alegría, tristeza, estupor, euforia, rechazo, un brillante artículo de Norman Mailer llamado “Ego” y la esperanza de una revancha. De un lado el talentoso, el rebelde, el seguidor de Malcon X. En el otro rincón, el callado, potente, furioso y devoto de Luther King. Sólo en América, señores.

Aunque como toda saga siempre hay un personaje impensado que emerge con toda la fuerza. George Foreman vence a Frazier el 22 de enero de 1973 y se proclama campeón del mundo. Aunque el título ya no esté en juego, hay algo mucho más importante para Alí y Frazier esa noche de enero de 1974 en el Madison Square Garden: tiene que ver con lo que sentenció en su artículo el gran Norman Mailer. El gran peleador ante el gran boxeador se veían las caras nuevamente. Y triunfaba Alí, exhibiendo toda su calidad boxística y su temple de peleador. Es decir, reunía las cualidades propias y las de su oponente para imponerse por puntos. Era el más talentoso y bonito de los boxeadores, como repetía en el vestuario. Nueve meses más tarde, se gestaría el embrión de la cuarta parte de Rocky, aquel film en que pelea ante el Ruso. Pero Alí haría lo del personaje de Stallone dos veces seguidas.

Si su ya por entonces alter ego Frazier era un salvaje peleador, Foreman reunía sus características pero con el cinturón puesto, unos cuantos años menos y la fama de asesino. Una bolsa de 5.000.000 millones, 80.000 personas en un ignoto estadio de Zaire, una compleja televisación que rompió récords de audiencia en el mundo entero, un libro de Norman Mailer sobre el evento y el slogan del “Combate del Siglo” parecían ajenos a Alí cuando el escritor entró a su vestuario. Allí comprobó que el retador, el mito, parecía tener miedo. No al rival, sino al no estar a la altura de las circunstancias.

“Baila como una mariposa y aguijonea como una abeja”, le repetía por enésima vez en su carrera Bundini Brown, otro de sus entrenadores. Alí le interrogaba, eufórico: “¿Vamos a bailar?’”. “Toda la noche”, respondía el indagado. Eran dos locos a los gritos, conscientes de que los observaban allegados a Foreman. La escena metía miedo.

Luego le dio la revancha a Liston y la foto más emblemática. Alí gritando, su rival en el suelo. Se dedicó a pasear su estilo novedoso, su andar dinámico sobre un ring de pesos pesados. Toda una revolución para lo visto hasta entonces en la categoría.

Subió al ring y esperó casi quince minutos. Dundee empleó todo ese tiempo en aflojar las cuerdas. Nadie lo observaba. El magnetismo se lo robaba su pupilo, que luego descansaría en las cuerdas gran parte de la pelea. El recibimiento de Alí al campeón por la espera no fue del todo bueno. Cuando todos esperaban la fiereza de Foreman, Alí lo atacó propinándole golpes con la derecha, que es lo más difícil en el boxeo porque es el brazo que más recorrido debe hacer a la hora de pegar e implica un serio riesgo ante un posible contraataque. En eso estaba Alí, quemando los manuales del pugilismo. Luego se dedicó a descansar en las cuerdas y aguantar los golpes del furioso rival hasta ponerlo knock out en el octavo asalto. Fue una clase de boxeo que llevo a Mailer a preguntarse en el citado libro: “¿Qué es la genialidad sino el equilibrio al borde de lo imposible?”. El campeón lo hacía de nuevo.

Un año después, un hombre con un hilo de voz musita algo. Balbucea. Es oído en el medio de un fervor desaforado, inusitado. Lo provocó junto al otro que está sentado en la misma posición justo enfrente de él. ¿Quién lo dice primero? La leyenda cuenta que fue al unísono. El Quenzon City de Filipinas se detiene en segundos que duran una eternidad. Durham, el entrenador de Frazier concede y le dice: “Okey, quédate sentado”. Dundee le ordena a Alí: “Okey, pero sólo te pido que te pares”. Voló una toalla y no fue del rincón de Alí. Invadió la locura y el rapto de felicidad en el campeón que le dijo a su enemigo al oído: “Estamos libres ahora, Joe”. La saga terminaba.

“Yo sé los síntomas, se siente cansado, flojo, sin fuerzas…. ¿Sabe? Lo vi con Holmes y no fue él el que le ganó. Fue su enfermedad, su mal de Parkinson”. Con esta frase del médico, el final y el retiro llegaban entrados los años ’80.
“Seré recordado por siempre como el más veloz, el más talentoso, el más fuerte. El más grande de todos”, cuentan que le oyeron decir en ese barrio en donde descansa una medalla olímpica en el fondo del Río, cuando llamaba a los gritos a los chicos para recibir un autógrafo del campeón. Quizás en medio de esas firmas dificultosas por las marcas de la enfermedad había un hombre que les contaba la leyenda de un campeón con todas las letras, que rompió los moldes del boxeo y los límites de los calendarios para ser recordado como el más grande de todos.

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