Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

30/05/2016

Dos ejemplos contrapuestos en un mismo fin de semana.

¿Justos campeones?

Todos estarán de acuerdo en que los triunfos hacen que los clubes de fútbol se mantengan en el camino del éxito, pero… ¿Qué lugar tienen los imprevistos? ¿Puede hablarse de resultados justos e injustos? ¿Existe la meritocracia futbolera?

foto del periodista

Gastón Luis

El pasado sábado el Atlético Madrid  quedó una vez más en la antesala de obtener la Liga de Campeones.  El estilo impuesto por su técnico, el Cholo Simeone, suele provocar discusiones en las mesas de los bares, más por una cuestión estética que por lo que a efectividad respecta.

El Aleti es un equipo que por momentos presiona en la mitad de cancha, pero en mayor medida se defiende muy cerca de su propia área. Por eso, el papel del arquero y los centrales es clave para sostener la mayoría de los partidos. En ataque, el entrenador argentino supo transformar a su equipo en una serpiente venenosa, que con paciencia sabe esperar el momento justo para atacar. Al Atlético Madrid muchas veces le ha bastado una o dos mordidas para poder reagruparse atrás e intentar salir de contra, valiéndose de los errores y espacios que deja su rival.

Esta vez, el equipo ganador fue el Real Madrid de Zidane, que no parece haber encontrado aún un estilo de juego claro. A pesar de triunfar en el último clásico por la liga española ante el Barcelona y haber dado pelea en ambas competencias, el camino hacia la consagración en la Champions League se dio entregando escasas migajas de buen futbol. La claridad conceptual de sus dos mediocampistas centrales Modric y Kroos y algunas pinceladas de Bale fueron lo mejor que mostró el equipo merengue durante la final.

Los máximos exponentes del juego basado en la tenencia del balón (Barcelona y Bayer Munich), estilo que se impuso en la última década, habían quedado afuera en manos del equipo de Simeone. En la final, el conjunto de Cristiano Ronaldo se puso en ventaja y dominó a su rival los primeros 20 minutos. Sin embargo, luego del gol de Ramos (que estaba inhabilitado), el conjunto del cholo se apoderó del juego y lo hizo a través de un arma que no parecía encajar en su estilo: la posesión de la pelota.

Durante la final del sábado los roles se invirtieron. Una vez en ventaja, el Real Madrid jugó a lo Simeone, replegándose y apostando a la contra. No obstante, ni Ronaldo ni Bale pudieron aprovechar las escazas pero claras oportunidades de liquidar el encuentro en los 90 minutos. Luego, el gol de Carrasco hizo que el Atlético tomara confianza y termine mucho más entero.

 Alguien podría decir que en las finales parejas gana el equipo cuyo técnico toma mejores decisiones. Tampoco consta que así fuera. Si bien Simeone recibió algunos reproches por no hacer ingresar al campo de juego al argentino Ángel Correa para jugar el tiempo suplementario, Zidane  dejó en cancha a un Cristiano Ronaldo atareado, por lo que terminó jugando más de 30 minutos con un jugador menos, dando ventajas y replegándose aún más contra el arco de Keylor Navas.

Quizás todo hubiera cambiado si el hábil Griezmann transformaba su penal en gol. Lo cierto es que el penal no había sido tal. ¿Y si Ramos hubiera sido expulsado como correspondía? ¿Y si los arqueros hubieran destinado más tiempo a practicar penales o estudiar a los pateadores? ¿Y si Juanfran hubiera impactado mejor la pelota en la serie de penales? Difícil es entonces hablar de justicias e injusticias en esta final de la competencia futbolística más importante de Europa. Un equipo discutido por su estilo, pero que sabe con claridad a qué juega perdió con otro que, a pesar de tener grandes individualidades, no  posee un estilo que lo identifique. Simeone no dejó lugar para excusas ni análisis profundos y definió la derrota de su equipo como un fracaso.

Pero en otros casos el fútbol no deja dudas. Un día más tarde, la final del Torneo Argentino mostró la superioridad de  un equipo entero, que hacía rato estaba clasificado para jugar ese partido. El Lanús de Almirón encontró una mezcla de experiencia y juventud. La sabiduría de Velázquez, Román Martínez, Sand. La solidez de sus centrales. La impronta de Gómez, Almirón, Acosta, Junior Benítez, entre otros. Un juego ofensivo basado en la velocidad de los ataques y el orden para retroceder. En esta oportunidad,  lo táctico y lo estratégico fueron fundamentales para que los jugadores entendieran a la perfección lo que debían hacer dentro del campo de juego y tuvieran rendimientos muy regulares durante todo el torneo.

En frente estuvo el San Lorenzo de Pablo Guede, que había ganado su zona sin sobrarle demasiado. A pesar de esto, muchos creyeron que por tratarse de un equipo grande se lo podía considerar favorito. Algunos de sus referentes como Romagnoli y Barrientos comenzaron en el banco de suplentes, pero lo más extraño fue que jugadores que habían tenido un buen rendimiento en el torneo, como Mercier y Cerruti, pasaron desapercibidos ante el equilibrio y la presión del equipo granate. Las diferencias futbolísticas se vieron reflejadas no solo en el abultado resultado, sino en el juego.

El Torneo Argentino de Transición, a pesar de presentar una modalidad de juego inusual y extraña, dejó la sensación de haber tenido un justo campeón. En pocas horas, el fútbol dio revancha, esta vez el equipo con más identidad pudo expresarlo en la cancha y no quedaron dudas sobre la legitimidad del campeón.

Dos ejemplos contrapuestos en un mismo fin de semana. Una final pareja  que mantiene el debate sobre el azar y los imprevistos dentro del futbol, otra con un justo ganador cuya claridad conceptual terminó con las discusiones en las mesas de los bares. Aquellas en las que, de vez en cuando, alguien habla de la justicia deportiva.

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