Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

25/03/2016

Un buena elección puede acompañarte toda la vida.

Inventa tu propia historia

Al momento de hacer un balance del recorrido están aquellos que cambiarían parte del camino y aquellos que harían exactamente lo mismo.

Por Gustavo Pernas

El nene tenía fetiches de otra generación. Tantos viajes de Inglaterra a Argentina lo fastidiaban. La medianoche había ganado terreno en Villa Devoto y él estaba encaprichado en escuchar una historia para poder dormir. La mañana siguiente debutaría como delantero. Su padre defendía con sobrado talento los intereses de un jeque. Pero al Benjamín de la familia no le alcanzaba con ver esas hazañas en vivo y en directo por tele. Reclamaba a gritos la presencia del arte de la fantasía.

Su madre, hastiada, tomó el blackberry y marcó. La solución llegaría a una velocidad de barrilete que atraviesa el cosmos.

-¿Qué hacés Má?– le dijo a la hija mientras indagaba en qué pieza esperaba el nieto-. Tardé más en entrar acá y pelearme con los paparazzi que en viajar- agregó con sorna-. Ahora me preguntan si vine a Riestra para estar más cerca del Nono… Le toman la leche al gato, estos.

Su hija lo miraba y, entre escéptica y desafiante, le dijo:

-¿Otro escándalo más?

-Nooo, esta vez no se me escapó la tortuga. Decime una cosa, los libros esos de elegir tu historia que le leía a tu hermana ¿están acá?- remató su alteza.

Un leve movimiento afirmativo de cabeza le indicó a nuestro protagonista que el asunto se iba a reducir a algún trámite resuelto en una tarde azteca y ochentosa.

El nene lo advirtió venir pero se hacía el dormido. El abuelo lo junaba mientras pensaba: “éste tiene nuestra sangre. Salta con los de afuera y con los suyos ni se mosquea”. Abrió el libro y se encontró leyendo aquella bienvenida que no ojeaba desde los tiempos de Nápoles: “Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles”.

El narrador levantó súbitamente la vista pero no encontró gesto cómplice alguno. Decidió encarar solo, como hacía en La Paternal o en el sur de Italia. Como no podía ser de otra manera, el abuelo eligió la temeraria: “Si decides quedarte en España,  pasa a la próxima página. Si te vas a Italia, elige la 84”. Mal no le fue. La atención del heredero se despabilaba en las profundidades de la cama.

Los ojos del benjamín miraban, absortos. Su abuelo leía la página 86. Ya había ocurrido lo del robo con mano celestial. Los piratas, burlados, y él a  punto de decidir si rematar o gambetear al portero. Se incorporó en la cama y su voz insignificante tronó como el alarido que firma un golazo:

-Andá a la página que dice gambetear, Abu.

Ahora los dos decidían. Habían alternado buenas y malas decisiones. Infiltrado y todo, verlo a Cani picar al vacío ante Brasil, putear a los locales por silbar el himno, quedarse en el sur de Italia y levantar la UEFA, mandar a la mierda a Ferlaino y tener que huir (justo él) como un delincuente de Italia, darle la mano a esa enfermera delante de todos y dejarse cortar las piernas, volver a Boca, hacer un programa, dirigir la selección, pelearse con Román, elegir de salvador a Martín, dirigir un mundial.

-¿Y ahora que sigue, Abu?

-Tenés que disfrutar y divertirte, la historia se terminó. Ahora es tu tiempo- dijo el abuelo público tan deliciosamente en privado.

-Pero… ¿Y aquellas cosas que te hicieron llorar? ¿No decía el comienzo que se podía empezar de nuevo?

-Sí, vos estabas dormido.

-No, yo escuche. Lo de las decisiones equivocadas.

La respuesta, en un aeropuerto o en una conferencia de prensa, hubiera sonado soberbia, intempestiva, fuera de lugar.

-Yo no me arrepiento de nada. Más adelante lo vas a saber. Todo lo que errás, lo pagás, aunque al final del camino muchas cosas valgan la pena.

Y claro que valía la pena, divagaba el personaje. Havelange, Blatter, Grondona, Pelé… Se sentía orgulloso por errar y marcarles cancha a esos personajes. Hasta que el niño lo devolvió al presente.

-¿Y el final?- indagó impaciente.

-Lo elegís vos. Una sola cosa tené en cuenta. Que la pelota no se mancha. Eso tenelo en claro siempre. Así el amor y el rechazo que te tengan va a ser auténtico como lo vas a ser vos. Pero a ella -la señaló mientras la levantaba con la zurda-, tratala con cariño. Y seguro la vas a pasar bien. Con sólo eso, gran parte del final va a estar escrito- sentenció el abuelo. Con sentimiento e inventiva. En fin, como siempre.

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