Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

26/04/2016

Cruyff dejó un gran legado: un fútbol simple, bello y eficaz. //Foto: slate.com

Final del Juego

El 24 de marzo falleció Johan Cruyff (68 años) como consecuencia de un cáncer de pulmón. Fue pionero del buen juego y cerebro del fútbol total. Su obra futbolística y su claridad conceptual nos acompañarán por mucho tiempo.

Por Gustavo Pernas

Las chicas juegan en el patio, frente al tren. Hay una extraña excitación en esa certeza introspectiva que experimentan al saber que los pasajeros las ven jugar, divertirse. Hasta que un día de la ventanilla cae un papel. Nada será lo mismo. Especialmente para una de ellas.

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Las primeras imágenes que surgen de Cruyff en la memoria de quien escribe estas líneas datan de más de veinte años.  Ese pre adolescente que tenía una pelota en la cabeza se enteró que la tristemente célebre revista deportiva El Gráfico sacaba una serie de videos (sí, en VHS) sobre la historia de los mundiales. La respuesta paterna fue: “ayudame en el negocio y te pago”. Por unas buenas madrugadas veraniegas, hacer diligencias en bicicleta y eventualmente algo de atención al público iba a comprobar si el juego de Maradona era más mágico que el de Pelé. Valía la pena el esfuerzo.

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El nene flaquito trabajaba en la frutería de su padre. No podía pagar empleados, eran pobres. El mayor de sus hijos lo ayudaba. Estaba alistado en el Ajax  y veía en el fútbol y en su capacidad, una forma de torcer el destino. Cuando su padre falleció, quedó a cargo de su familia a los 13 años. Lejos de amedrentarse,  consiguió que el Ajax pusiera la cantina del club a cargo de su madre para poder subsistir.

Tres años después, Rinus Michels vio en ese flaquito debilucho, veloz pero de andar elegante  y temperamento ganador, la síntesis de una idea. No se equivocaba: Ajax ganaba todo y empezaba a revolucionar el fútbol europeo.

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En la segunda edición la caja rectangular anunciaba México ’70 y Alemania ’74. El pibe que jugaba a trabajar culminaba su riguroso estudio sobre Pelé esa noche de verano y el televisor le devolvía la imagen de un flaco con peinado a lo Beatle. Le sorprendió la vestimenta y ciertos detalles que marcaba el locutor: esa manga de atrevidos concentraban con sus familias. Supo, entre otras cosas, que ese flaco que tenía un dejo de Lennon se sacó una tira de la camiseta Adidas porque lo auspiciaba Puma, que era el cerebro de un seleccionado apodado “La Naranja Mecánica” y que un periodista brasileño los definió como “la desorganización organizada”. Muchos datos nuevos para alguien que conocía el final pero no podía entender cómo se les escapó el título.

Pero quedó el germen de la duda que despejó su padre al sentarse al lado suyo. Lo miraba inquisitoriamente, como diciendo: “Este flaco, ¿qué onda?”. “Este es Cruyff, un fenómeno. Renunció a jugar el mundial de acá, el de los milicos. Hoy es el técnico de Barcelona”, fue la respuesta.

Ahí caía en la cuenta que ese equipo que era el arte de la elegancia con intérpretes como Romario, el búlgaro Stoichkov, Laudrup, Koeman y un tal Guardiola en el centro del mediocampo; los dirigía Cruyff, el flaco del video.

¿Qué devolvía la imagen? Una idea superadora. Revolucionaria para alguien que la miraba veinte años después de acontecer e inigualable para quien la recuerda hoy, luego de un poco más de cuarenta años.

Había rotación circular y presión alta para recuperar el balón lo antes posible. Se desconcentraba al adversario buscando que pierda las marcas. La cancha estaba cubierta permanentemente. Y había buen pie en el manejo. Lo revolucionario era la movilidad, pero también el buen trato de la pelota. Lo revolucionario era, entonces, lo antiguo y olvidado. Lo revolucionario era también entender el fútbol moderno. Por eso se recuerda a Holanda de 1974, por su carácter fundacional. Y Cruyff era el patrón y el último peón en esa máquina de jugar.

“Nunca se pasa la pelota a los pies del compañero, sino siempre a un metro delante, para mantener el ritmo en juego. Cuando el primer hombre da un pase al segundo, el tercero ya tiene que estar en movimiento, listo para recibir el pase del segundo. El fútbol se ejecuta con los pies, pero se juega con la cabeza”, sentenció alguna vez este adelantado del fútbol moderno.

Su nombre aparece, ineludible, cada vez que en un bar se inicia el debate sobre cuál fue el mejor equipo de todos los tiempos. Allí esta invocado, como delantero feroz en Ajax y Barcelona, como estratega del seleccionado holandés, como técnico culé del Dream Team del ’92 o como mentor del Barcelona de Guardiola.  Se respira eternidad en su obra.

Por eso, como aquel pasajero que ve a las niñas jugar desde el tren en el maravilloso cuento Final del Juego de Cortázar, cada vez que al cronista lo aceche la nostalgia futbolera tirará un papelito por la ventanilla de Youtube. Y  se cambiará de lado del vagón cada vez que la muerte lo alcance. No la física, que aconteció en marzo de este año, sino cada vez que un pragmático de pelota parada atente a la eternidad de la obra de Johan Cruyff.

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