Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

27/02/2016

¿Se puede jugar el mismo encuentro más de una vez?

El partido soñado

En algunos casos, los jugadores afrontan cada compromiso internamente antes del juego.

foto del periodista

Agustín Casa 

Acomoda la pelota sobre la marca que hizo el árbitro con un spray. Es una buena ubicación para rematar al arco. Un compañero se la pide. Él dice que no, que ésta pelota es suya, que se tiene confianza, pero que igualmente se pare a un costado para generarle duda a los rivales. El juez mide con pasos irregulares la distancia y vuelve a hacer una marca en el césped donde se ubicará la barrera. El arquero a los gritos pide cuatro. Le dice al tres que se mueva más para la derecha, éste no le hace mucho caso. “Formiqueti, la puta que te parió. Movete para la derecha, pibe”, grita el uno con impaciencia. El joven marcador de punta se sobresalta y obedece temeroso la indicación. El Cabe Roncara sigue parado frente a la pelota. La mira firme mientras espera la orden del árbitro.

La ejecución se demora. Levanta la mirada y ve la seña del capitán que con los dedos le indica que le tire un centro. Esquiva el contacto visual y gira la cabeza hacia la derecha. Pierde la mirada en la multitud, miles de anónimos que le devuelven la mirada. Mezclados entre la muchedumbre ve a sus familiares. El padre levanta los brazos con efusividad. La madre se come las uñas mientras discute con la madre de otro jugador. La novia tiene la cabeza gacha y deposita toda su atención en su celular. El Cabe Roncara no se sorprende y continúa con su recorrido visual. En la platea alta ve a dos viejitos abrazados que cruzan los dedos. No distingue si se trata de una pareja, dos hermanos o dos amigos de la vida. Pero ese gesto es de amor mutuo mientras comparten una pasión. Se imagina con su novia dentro de cincuenta años en esa situación. Se ríe para adentro. Sabe que no será posible, sabe que no comparten la pasión. Por al lado de la señora pasa un cocacolero. En el bullicio el vendedor parece un mimo. Pero él cree escuchar su cantito: “Hay coca, bebida, coca. Agua mineral, bebida, coca”. Por detrás una mano se levanta. El cocacolero le acerca un agua sin gas a una mujer. Es una joven, de unos 25 años, pelo castaño y una sonrisa de esas que hipnotizan. Con sus pies bien afirmados sobre el campo de juego contempla a la distancia la belleza de la muchacha. Siente una sensación extraña, un escalofrío le recorre la nuca, se le aflojan las piernas. No comprende qué sucede. Agacha la cabeza y la vuelve a levantar. Pero la hermosa mujer ha desaparecido. Se sobresalta. Él estaba seguro de haberla visto en la tribuna. Tampoco ahora podía ubicar al vendedor de bebidas. Se dice así mismo que deben haberse perdido entre la multitud.

El árbitro da la orden, el Cabe impacta el balón y no alcanza a ver su trayectoria. Se sobresalta. El remate no va al ángulo, pero sólo porque no hay remate, no hay pelota y no hay arco.

Vuelve al partido. El árbitro va a dar la orden. Mira a sus compañeros dentro del área. Levanta la mirada hacia la pantalla del estadio. Ve un paisaje, eso lo extraña un poco. Luego ve a dos adolescentes tomados de la mano. ¿Qué edad tendrían? ¿15 años? Quizás 16. El deja vú le eriza la piel. No recuerda a la joven. De repente, ésta mira hacia atrás como buscando complicidad. Entonces él la reconoce y comprende. Es la misma joven que vio en la tribuna pero unos diez años atrás. En eso escucha el silbato del árbitro y le pega a la pelota.

Mira sobresaltado. No sabe a dónde ha ido la pelota. Busca a sus compañeros, no los ve. Intenta localizar a su familia en la tribuna, pero no hay familia, no hay hinchas, no hay tribuna. Quiere perder la mirada en el cielo y se topa con un inesperado obstáculo. Levanta los brazos y se estira con paciencia. Ahora bosteza, apoya las manos en el colchón y se da cuenta de que todo ha sido un sueño. Pronto recupera la consciencia y reconoce su identidad. El sueño había sido tan vívido que había parecido real. Él es futbolista, su familia estaba allí, sus compañeros de equipo, una multitud acompañándolos, el árbitro y hasta la hermosa joven que ahora recordaba con melancolía. Sin embargo, esa sucesión de imágenes, en algún momento pertenecientes al mundo físico –juntas o por separado-, se proyectaron en el mundo onírico.

* * *

Día de partido. El Cabe Roncara integra el once inicial del elenco anfitrión. Cuando promedia el primer tiempo, el Cabe da un giro y se escapa a su marcador. Acelera y ante el sobresalto del central izquierdo improvisa un amague hacia afuera. La maniobra es buena, a no ser por la reacción del brusco marcador que le proporciona una desmedida patada sobre la tibia. Tiro libre para el local. Por suerte es sólo un golpe y Roncara se levanta rápidamente. Mira la distancia que lo separa del arco y pide la pelota. El juez marca con spray el césped, el Cabe acomoda el balón. Desde esa posición, la posibilidad de rematar al arco es tentadora. Un compañero se acerca y le pide que lo deje patear. El Cabe se niega confiado en su pegada. El árbitro marca el espacio donde a continuación se coloca la barrera. El arquero rival le pide al tres que se mueva más para la derecha. Ante la falta de respuesta, y temiendo que la pelota encuentre ese hueco, insiste: “Formiqueti, la puta que te parió. Movete para la derecha, pibe”. El lateral izquierdo agacha la cabeza y se dirige a su ubicación. El Cabe se abstrae de la situación y observa detenidamente la caprichosa.

Levanta la mirada hacia la pantalla del estadio. Ve un paisaje, eso lo extraña un poco. Luego ve a dos adolescentes tomados de la mano.

La ejecución se demora. Observa el área y ve a al capitán que le pide un centro al segundo palo. Esquiva el contacto visual y gira la cabeza hacia la derecha. Su mirada navega entre la multitud, miles de aficionados que miran la jugada, que lo miran a él. Entre los fanáticos, identifica a su familia. El padre levanta los brazos con efusividad. La madre se come las uñas. La novia tiene los ojos clavados en su celular y un auricular en su oído izquierdo, como si sólo un pequeño porcentaje de ella estuviese presente en la tribuna del estadio. No se sorprende y desvía levemente la mirada. En la platea alta ve a dos viejitos abrazados que cruzan los dedos. Se imagina con su novia dentro de cincuenta años en esa situación. Se ríe para adentro. Sabe que no será posible, sabe que no comparten la pasión. Junto a la señora ve a un vendedor ambulante. El hombre lleva colgado al cuello un canasto con pochoclos y garrapiñadas. Por detrás se levanta una mano. El vendedor entrega unas garrapiñadas a unos niños. Roncara recuerda sus años de adolescente, junto a su padre, en esa misma grada. Se siente afortunado de estar parado allí. Agacha la cabeza y la levanta nuevamente. Los adolescentes han desaparecido. Suspira con melancolía y retorna su mirada hacia la pelota.

El juez va a tocar el silbato. El Cabe Roncara mira hacia el arco, luego hacia sus compañeros dentro del área. Levanta la mirada en dirección a la pantalla del estadio. Se sorprende. Se ve pateando el tiro libre al ángulo superior derecho. La imagen se corta repentinamente. El árbitro da la orden, el Cabe impacta el balón y no alcanza a ver su trayectoria. Se sobresalta. El remate no va al ángulo, pero sólo porque no hay remate, no hay pelota y no hay arco. El Cabe se despierta aturdido. Justo esta noche tiene partido. Cree haberlo jugado un par de veces, pero no tiene certezas de ello. Quizás la tercera sea la vencida. Quizás la próxima el sueño sobreviva a la ejecución del tiro libre, quizás la próxima la pelota tenga destino de gol.

Share this:

Deja un comentario