Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

26/04/2016

Un excéntrico entrenador y sus insólitos métodos.

Carlitos, el técnico sin valores

La historia de Carlos Vigil. Un DT de hockey femenino admirado por sus logros y repudiado por sus formas.

foto del periodista

Gastón Luis

De Carlitos se llegaron a decir muchas cosas. Que no tenía corazón, que su única obsesión era la táctica, que su personalidad machista se había forjado tal y como era por la falta de cariño de su madre.

Desde adolescente, algunas limitaciones técnicas habían cortado de raíz su intención de ser jugador de hockey. Sin embargo, el entendimiento del juego lo fue transformando en un técnico ganador en lo que a títulos se refiere.

Cada entrenamiento comenzaba con su planilla en mano, moviendo las fichas de un lado a otro. Eso eran para él sus jugadoras, meras fichas manipulables a su antojo.

“Escuchame rubia, cuando Karen te pasa por atrás vos amagás y le tocás la bocha a Cristina”, exclamó durante un entrenamiento matutino entre semana. Pero Karen no realizó el movimiento a tiempo, lo que despertó la ira de Carlitos Vigil, a quien algunas de las chicas, jugando con su apellido, habían decidido apodar “vigil-ante” o “Re-Gil”. “Y vos rubia, ¿para qué tenés el cerebro si no lo usás?”, gritó el entrenador ante la mirada atónita del resto de las jugadoras.

Pero en la cancha, el equipo de Carlitos ganaba con autoridad. Quizás por miedo  o simplemente por amor al hockey, las jugadoras se convertían en obedientes cumplidoras de órdenes. El margen de error se reducía cada vez  más, los movimientos tácticos funcionaban a la perfección y Carlos comenzaba  a ser respetado por la prensa a raíz de sus logros deportivos.
Sin embargo, la reputación de este singular técnico se mancharía luego de un amistoso que terminó en bochorno. En aquel partido un córner corto fue mal defendido por el equipo de Carlitos. La estirada de la arquera no alcanzó para detener la bocha, que apenas sobrepasó la línea de gol. La árbitro otorgó lícitamente el tanto, pero Carlitos instaló la duda. “Esa bocha no entró, ¿estamos de acuerdo en eso?”, comenzó a gritar, mientras sus jugadoras lo miraban con vergüenza ajena.

La juez de línea se mostró firme y el partido siguió. Carlitos comenzó a lanzar botellas de agua que caían como granadas sobre el césped sintético. “No ves nada, quédate lavando los platos”, balbuceó con los ojos desorbitados de tanto machismo. Y así, todo fue una catarata de agravios que no cesaron hasta ser expulsado del campo de juego.

Durante la semana posterior al encuentro, y por primera vez en muchos años, Carlitos fue el eje de las críticas de la prensa. Sin embargo, los hechos de corrupción y los policiales volvieron pronto a ocupar las tapas de los diarios y los títulos de los informativos televisivos.

Los entrenamientos comenzaron a ser cada vez más exigentes desde lo táctico, y más intolerables desde lo humano. Sin siquiera tener que expresarlo verbalmente, las jugadoras pensaban una y otra vez en tenderle una cama. Aunque los movimientos automatizados y el amor a la camiseta hacían que cada encuentro resultara accesible, las victorias ya no eran por cuatro o cinco goles, ahora eran por la mínima.

Algunos hinchas se juntaron varios días seguidos en la puerta del club para mostrarse disconformes  ante las autoridades por las malas formas de Carlitos.  El primer día fue un sábado lluvioso, donde algunas gotas hicieron desparramar la tinta sobre el cartón corrugado de las dos carteles que llevaron los fanáticos. “Afuera los maltratadores, Chau Re-Gil”, llegaba a leerse en uno.  “Ya no nos importan los resultados”, se divisaba en el otro.

Mientras tanto, el equipo seguía en primer lugar, y sólo quedaban tres partidos para una nueva consagración. Esto hizo que la comisión directiva ignorara los reclamos de esa decena de fanáticos, que para la semana siguiente ya eran cientos.

El día de la definición llegó. Todos los resultados se habían dado y, si bien faltaba una fecha, un triunfo de las chicas les daría un nuevo campeonato de hockey femenino. El equipo estaba reunido en el vestuario y un silencio profundo se instaló en el lugar. Carlitos no había llegado a la cancha y los motivos de su ausencia eran desconocidos. En su lugar, Lucía, la más vetusta y experimentada del plantel, se hizo cargo de la charla técnica.

Después de desarrollar todos y cada uno de los conceptos tácticos aprendidos de Vigil, cerró la charla con una arenga muy particular: “Este campeonato lo vamos a ganar por nosotras, por el valor que tiene cada una en este equipo, porque no necesitamos ser maltratadas para entender de qué se trata el hockey y la vida, vamos vamos!”.

De ese partido solo puede comentarse que la bocha no pudo ser interceptada por ningún palo del equipo rival. Fue un 7 a 0 rotundo, como el abrazo de cada una de las jugadoras posterior al pitazo final y previo a dar la vuelta olímpica.

Horas después del encuentro, mientras las jugadoras estaban festejando en un conocido salón de eventos del centro, los canales de televisión daban a conocer el paradero de Carlitos, quien la tarde del último encuentro había discutido con una vecina.

Pronto las jugadoras se enteraron de que el excéntrico entrenador había quedado internado en un sanatorio de la zona. Desde la comisaría se dio a conocer que, tras intentar agredir a la mujer, Vigil sufrió el ataque de un perro perteneciente a la misma. Se rumoreó que  ante el avance del pitbull de dientes punzantes, Carlitos intentó escapar por un terreno lindero. Sin embargo, esta vez su táctica no fue efectiva.

Ante la necesidad de conseguir otro DT que conserve algunos de los aspectos tácticos del equipo, Lucía decidió retirarse como jugadora, para pasar a ser la nueva directora técnica del grupo. Los días posteriores a la obtención del título nadie quería hablar de Carlitos. Los dirigentes del club justificaban la falta de compromiso con la cuestión, argumentando que los números del equipo habían sido positivos.

El silencio, la complicidad y las miradas hacia otro lado quedaron a la vista ante las primeras palabras de la nueva DT. En su primera conferencia de prensa y sin necesidad de ninguna pregunta incisiva, Lucía remarcó: “La disciplina sin humanismo y comprensión puede serle útil a un robot, pero no a un deportista”. El aplauso eufórico de los periodistas colmó de alegría la sala.

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