Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

19/12/2015

Historia de un clásico apasionante. Foto: infobae.com

Avellaneda Blues

La historia está plagada de sucesos, líderes y anécdotas. La fundación de clubes de fútbol hacia el 1900 dio origen a diversas rivalidades que consolidaron lazos identitarios. Así surgió la enemistad entre dos vecinos: Racing e Independiente, uno de los clásicos más importantes de la Argentina.

Por Gustavo Pernas.

En ese actual cementerio de fábricas abandonadas y hormigones resquebrajados nació una pasión que no conoce de límites. Racing, en La Tablada, junto a los cuatro ombúes. Independiente, en Crucecitas. En esos escenarios de Barracas al Sud se amamantó este clásico.

Sus casas están a metros. Basta con googlear una panorámica del barrio o pasar en el Roca, y verlas observarse con altivez e indiferencia. La misma con la que se relojeaban los obreros del barrio, “la mayoría peronista y la contra; gorilas progre que, lejos de la derecha, se reunían en lugares como la biblioteca socialista Veladas de Estudio”, como cita Hugo Asch en la recomendable nota “Patriotas de Avellaneda”, publicada hace unos años en la sección deportes de Perfil.

La enemistad viene de cuna. La cercanía de los vecinos no reflejaba la distancia que el fútbol separaba. Decía la desaparecida revista Mística, del diario deportivo Olé: “La Avellaneda de esa época, con sus frigoríficos y curtiembres, era una zona brava y peligrosa, en la que el caudillo conservador Alberto Barceló tenía todo bajo su control. Siempre secundado por su fiel mano derecha, Ruggerito, a quien no le temblaba el pulso a la hora de desenfundar su revólver, ya fuera para advertir o ejecutar. Durante más de tres décadas Barceló manejó la política local a su antojo, hizo crecer el cementerio y que los muertos votaran, se llenó los bolsillos con el juego clandestino, la adulteración de licores y la prostitución”. En ese contexto, Racing no tuvo reparos de pedir los puntos perdidos en la cancha luego del primer enfrentamiento, el 9 de junio de 1907, por la inclusión en el equipo de Independiente de Victorio Cappeletti, quien estaba suspendido.

El 27 de septiembre de 1931 se jugó el primer clásico del profesionalismo y Racing pegó de entrada: ganó 7 a 4 y todavía hoy es el clásico con mayor cantidad de goles de la historia.

En esa ciudad industrial, con fábricas, empresas textiles y demás, Racing comenzaría en 1913 la “argentinización del fútbol”: se dejó de lado el modelo inglés y su corte y confección combinaba gambetas con rapidez. La construcción de esa identidad le valió siete campeonatos consecutivos y el mote de “Academia”. Pero el único que le ganó a ese equipo fue… Independiente. La resistencia roja vino de la mano de la “Chancha” Seoane y Raimundo Orsi. Ese equipo empezó a discutirle a la Academia quién mandaba en Avellaneda, torciendo la balanza en la década del ’20.

El 27 de septiembre de 1931 se jugó el primer clásico del profesionalismo y Racing pegó de entrada: ganó 7 a 4 y todavía hoy es el clásico con mayor cantidad de goles de la historia. Independiente saboreó la venganza en un plato que se sirvió recién en 1940. Los chefs fueron unos tales Arsenio Erico (máximo goleador del fútbol nacional) y Vicente “Capote” De La Mata, artífices de un 7 a 0 que estableció la mayor diferencia en la era profesional. Cuentan crónicas de aquella época que los hinchas del equipo derrotado comenzaron a dejar el estadio seguidos por sus jugadores luego del cuarto gol. Cuándo le tocó el turno al wing de Racing el “Chueco” García, de las plateas rojas partió un saludo:

-Good Bye, Chueco.

El Chueco miró al del chiste y guiñándole un ojo le dijo:

-No te vayas. Todavía puede ganar Independiente.

Sin embargo esa década se tiñó de albiceleste: Racing fue patrón de Avellaneda desde el ´46 hasta el ’53, coincidiendo con el primer tricampeonato ganado por un equipo argentino. Aquella escuadra de Boyé, Méndez, Bravo, Simes y Sued logró la hazaña. Fue el mismo Sued el que alguna vez recordó: “Cada vez que se acercaba el clásico aparecía un intermediario y jugadores y técnicos hacían apuestas. Apostábamos 500 pesos. Nos refregábamos las manos sabiendo que nos íbamos a llevar platita extra. Le pedíamos al Tano Mattiusi (padre de la recordada Tita) que el pasto estuviera cortadito. Entonces largaba dos corderitos y quedaba hecho un billar. Nos cansábamos de golearlos”.

La etapa que siguió fue de equilibrio. Mientras un grupo de vecinos de Sarandí, con Julio Grondona a la cabeza, se juntaban en bares del barrio para fundar Arsenal, y combinar en sus casacas los colores de los vecinos en guerra; Independiente y Racing formaban equipos inolvidables. Los primeros con el quinteto Micheli, Cecconato, Cruz, Lacasia y Grillo; figuras del recordado partido en que el seleccionado venció a Inglaterra en el ’53. En la Academia aparecían Maschio, Angelillo y Corbatta.

Como ya sabemos, en los ’60 fueron los primeros equipos argentinos en consagrarse campeones continentales. Ni Boca ni River lograron algo semejante. Independiente se consagró bicampeón en América los años 1964 y 1965, inaugurando así el mote de rey de copas. Su clásico rival lo imitó y redobló la apuesta: fue el primer campeón mundial argentino en 1967. La pica estaba intacta. El Orgullo de ambos también.

Pero si hablamos de “pica” nunca estuvo tan latente como aquella tarde de 1970: Independiente llegaba a la última fecha del campeonato obligado a ganar para arrebatarle el torneo a River y se medía nada menos que con la Academia en el Cilindro. Racing comenzó ganando pero el árbitro Dellacasa sancionó un penal para los visitantes que hizo patear tres veces porque Agustín Cejas atajó los dos primeros adelantándose. La tercera fue la vencida y Tarabini clavó el empate. Al final, ganó Independiente 3 a 2 con gol de Yazalde y terminó consagrándose en la cancha del eterno rival.

Esta década estuvo marcada a fuego por los éxitos nacionales e internacionales del rojo y la sequía de Racing. La Acadé tuvo una de sus pocas alegrías en 1975 cuando ganó el clásico 5 a 4 y estableció un nuevo récord: con cuatro goles, tres de ellos de penal, el volante Alberto Jorge quedó en la historia como el máximo goleador del duelo en un solo partido. En Independiente aparecía un muchacho de tranco retacón, que no exhibía felicidad pero la desparramaba a los demás: Ricardo Enrique Bochini. Con él, los diablos comenzaron a voltear el historial de enfrentamientos a su favor.

Fue en estos años que tal vez para el cronista se forjaron las identidades modernas de ambos: de un lado, la austeridad roja, el progreso racional y triunfos por decantación con punto de partida en el trabajo planificado. Del otro, la pasión académica por los extremos, que va de la fiesta más espectacular al regusto amargo de un culebrón lacrimógeno que dura más de la cuenta.

En eso estaban cuándo el 22 de diciembre de 1983 Independiente se consagró campeón ganándole 2 a 0 a un Racing condenado al descenso una fecha antes. Independiente levantó la Copa Intercontinental un año después venciendo 1 a 0 al Liverpool en lo que fue el primer enfrentamiento de un equipo argentino y uno inglés tras la guerra de Malvinas. Racing volvió a primera en 1985.

En 1983 Independiente se consagró campeón ganándole 2 a 0 a un Racing condenado al descenso y un año después levantó la Copa Intercontinental venciendo 1 a 0 al Liverpool.

Los ’80 pasaron con algún que otro campeonato “rojo”, la Supercopa ganada en 1988 por el inolvidable Racing de Basile que tenía en sus filas a Rubén Paz, Colombatti, Costas y Fillol entre otros; el gol de emboquillada del Bocha, la potencia del Toti Iglesias. Ambos eran protagonistas y Racing comenzó a construir una paternidad moderna: desde su caída a la segunda categoría no perdía con su clásico rival.

En este contexto se dieron los únicos dos enfrentamientos por eliminación directa unos años después: Supercopa 1992 y Copa Centenario 1993. En ambas pasó la Academia. La primera es recordada porque en el partido de ida el “Turco” García puso la mano, la pelota tocó la red y Racing ganó dos a uno. El árbitro de aquél encuentro, Juan Bava , reconoció hace unos años que expulsó al ídolo académico porque le dijo: “Juan, el gol fue con la mano”. La revancha fue empate en cero y la alegría fue racinguista. Un año después, por la Copa Centenario la Acadé se impuso 2 a 1 y 3 a 2 y pasó de ronda ampliamente.

La tarde del 18 de septiembre de 1994, una avioneta sobrevoló Avellaneda con un cartel hiriente: “Rojo amargo, once años” en alusión al tiempo que Independiente no se imponía sobre Racing. Los dirigidos por Miguel Brindisi, flamantes campeones y que se encaminaban a ganar la Supercopa por primera vez en su historia vencieron a Racing por dos a cero con goles de “Perico” Pérez y Gustavo López y cortaron la sequía.

Lo que siguió es clásico y moderno pero no menos histórico: el gerenciamiento y el decreto de la quiebra en Racing que lo hicieron desaparecer a fines de los ’90 provocando uno de los hechos más emocionantes que los futboleros recuerden: el 7 de marzo del 99, cuatro días después de que la síndico Ripoll anunciara que “Racing Asociación Civil ha dejado de existir”, una ola de fanáticos llenó el Cilindro. Hoy esa fecha es celebrada como el “Día Internacional del Hincha de Racing”. Dos años luego, en medio del estallido social de 2001, la Academia gritaba campeón luego de 35 años de la mano de Mostaza Merlo. Un equipo combativo, contundente y con la impronta de la mística que tenía aquel de José. Ese partido casi no se jugó hasta el 2002. No podía ser de otra manera para Racing.

Independiente saboreó las mieles del éxito en 2002 con un inolvidable conjunto dirigido por Américo Gallego que comenzó propinando goleadas al por mayor y terminó regulando el tanque para gritar campeón merecidamente. Los últimos años trajeron algunas nuevas y ricas historias: la Copa Sudamericana ganada por el rojo en 2010, el descenso en 2013, la vuelta de Milito a Racing para dar la vuelta en 2014.

“En una comunidad de identidades mutables el pasado no es personal sino colectivo” dice el maestro Dolina. En esa ciudad de fábricas arrasadas por los Martínez de Hoz y los Cavallo hace poco hubo una serie que dejó festejando a Racing. Se jugó el orgullo del que no pide nada a cambio pero no negocia la entrega, y el del que seguirá mirando al otro de reojo hasta el próximo enfrentamiento. El que salió a la calle con una mueca ganadora o el que no tuvo ganas de salir de su casa por varios días. Se vieron una vez más y estuvieron –por qué no- en juego dos maneras de ver la vida: la de Kirchner o Alfonsín, Capusotto o Ravinovich, Sacheri o Casciari, Mirtha Legrand o Mariano Grondona.

Racing pasó por diferencia de goles. Ambos fueron torazos en rodeos ajenos. La academia se hizo fuerte en la ex Doble Visera y sufrió demasiado de local. No asombra. Sabe lo que es sufrir por eso disfruta mucho de un equipo que últimamente lo hace gozar. El Rojo sabe de hazañas y casi fuerza los penales con dos jugadores menos en la revancha en el Cilindro. Todo cambió aunque la esencia de ambos fue la misma. Avellaneda seguirá siendo un blues, como rezaba Javier Martínez en los ’70. Se escribirán nuevas líneas que reemplacen éstas, hoy ya pasadas de moda. Pero el orgullo de cada uno estará intacto, respetando lo que fueron. Todo por una Liguilla Pre Libertadores.

Fuentes:

– Revista “Mística” de Olé. Número 131. 16 de Octubre de 1999.
– Revista El Gráfico. Número 3398. 20 de Noviembre de 1984.

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