Número 26 - Año 4 - Mayo de 2016

22/12/2015

Experiencia panamericana en carne propia.

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Un vívido recuerdo de los Juegos Panamericanos de 1995 a dos décadas de su realización. Un acontecimiento deportivo y cultural que aún permanece en la memoria de los marplatenses.

Por Fernando Moyano.

Se dice que no hay mal que dure cien años. No se dice nunca, o no se sabe y nadie se detiene o le importa detenerse, en saber cuánto debería durar un ¨bien¨. Para decirlo de otro modo: las huellas de la desgracia suelen ser duraderas y de un rigor casi matemático, al estilo de un enorme tablero electrónico en el que quedan para siempre encendidas y brillantes las cifras de nuestras derrotas, y para siempre clavado el cronómetro en ese instante en particular en que perdimos feo….y ya lo ve y ya lo ve, somos visitantes otra vez…

Pero hay de las otras, esas otras, aquellas…

Como aquella vez que fuimos locales. Y es que nunca una primera persona del plural lo fue tanto, y eso que la historia del deporte argentino está repleta de momentos inolvidables y brillantes. Pero no. Es éste el momento del que hablamos, aquel momento es el que recordamos. Aquella es la ocasión en que fuimos, aquella la ocasión por la que hoy somos.

Nos definimos por nuestros actos, y hace 20 años los marplatenses actuamos, es decir, pasamos a la acción en grande. Supimos dejarnos enamorar y convencer por un grupo de personas que se lo habían creído antes, que lo soñaron. Y que como no sabían que era imposible, lo hicieron. Mar del Plata consiguió primero, y llevó adelante después, los Juegos deportivos Panamericanos número 12.

La memoria, como la suerte en aquel tango, es loca como la boca de una mujer. Y las diversas maneras en que aquella se nos representa lo son más aún. Yo por ejemplo, recuerdo haber renegado con nostalgia por la desaparición de las canchas de frontón descubiertas y la canchita de básquet aledaña, pero ver el natatorio emplazado en esas coordenadas, me hizo vislumbrar un futuro que iba a homenajear a ese pasado. Y lo hizo, no solo por las gloriosas jornadas panamericanas,  sino por el empoderamiento social que representó para tantísimos, el acceso a la natación y sus variables, prefigurando una ampliación del deporte social que ha desembocado en la creación de cinco natatorios (y diez más en proyección) en diferentes barriadas marplatenses. No fue magia, fue un sueño traccionado a sangre y voluntad política, una cadena virtuosa que debía tener un primer eslabón. Tengo la imagen muy fresca también, de tardes de adolescentes futboleros en lo que todos conocíamos como “la Olla”. Sin embargo no llegué a extrañarla, otras postales embarazadísimas de significados vinieron a evitarlo: unas finales panamericanas de básquet, pero sobre todo de vóley, que yo sin haber presenciado ninguna otra me alcanzan para decretarlas como inigualables. Ya sabemos, el corazón de la gente lo puede todo. Y si es tu gente parece que puede más, y por esos días pudimos todo. Se cantó como nunca en el estadio polideportivo Islas Malvinas. Muchos importantísimos acontecimientos tuvieron lugar allí en los años que vinieron, deportivos y artísticos, todo de primerísimo nivel, y siempre con el acompañamiento de la gente, transformada en público-protagonista. Pero esa noche panamericana, esa noche se cantó como nunca, esa noche condensó alegrías y ansiedades. El que a partir de su creación fue el mejor estadio cubierto de la Argentina tuvo su verdadero bautismo de fuego esa noche, la noche en que la selección argentina de vóley trepó al puesto más alto del podio, ganándole a su par de Estados Unidos.

Panamericanos_1995- Somos Voley

Foto: Somosvoley.com. El equipo campeón panamericano en Mar del Plata.

Decía, y digo, que esa noche cantamos como nunca. Mirase donde mirase cualquiera de los jugadores estadounidenses o argentinos se chocaba con una firme realidad, un escenario al que no se le veía el escenario, al estilo de esas colonias de hormigas al cubrir los objetos que invaden. Butacas, pasillos, escaleras… Nada de eso estaba a la vista, todo cubierto de almas gritonas y en su inmensa mayoría, argentas. Les puedo jurar que esa noche estábamos todos, y se lo hicimos sentir a todos. Las consecuencias de esto fueron bien distintas ya sea que se tratase de los jugadores norteamericanos o de los locales: calor había de todo tipo y nadie podía abstraerse, pero los abucheos, insultos, y malos deseos varios expresados a los gritos, eran inevitablemente recibidos y sufridos por unos deportistas que quizá no entendían el idioma, pero entendían. La gente siguió ingresando al estadio hasta que el partido terminó, cómo y dónde lograban ubicarse, sigue siendo hoy un enigma digno de Paenza. Quienes lograban acercarse más a la cancha en sí misma eran los voluntarios, que legitimados por su acreditación y por lo desbordado de la circunstancia, accedían a espacios usualmente reservados a los protagonistas. Desde arriba podía observárselos con sus característicos colores rojos, exaltados y movedizos, desbordando un poquito los reglamentos y la prudencia, ensañándose con los jugadores Yankees que se acercaban a la zona de saque o entraban en calor más allá de las bandas. Todo esto se verificó a lo largo del partido, y es verdad que a los partidos los ganan los jugadores, pero el definitorio quinto set lo jugó la gente de punta a punta. Lo recuerdo perfectamente, apenas finalizado el cuarto set que abría la instancia de tie-break, el estadio como uno solo, comenzó a cantar. Y no paró. Comenzó a cantar aquello de que cada día te quiero más y que es un sentimiento que no se puede parar. Y no paró. La coreografía de brazos que acompañaba es bien conocida, simple, rotunda, cíclica, hipnótica. Se cantó como un mantra y se cantó fuerte. Y no se paró de cantar. Y se ganó. Y no se puede olvidar.

A partir de 1995 nuestra ciudad acaparó las competencias nacionales y se jerarquizó al entrar al circuito de torneos internacionales para la región.

Tampoco puedo olvidar cuando comencé a transitar los andariveles y correderas de la pista de atletismo. Era de carbonilla, pétrea en verano y barrosa cuando llovía. El sueño de una superficie sintética, de goma según decían y roja y blanca según se veía en la tele, era eso, un sueño. Y mientras soñábamos seguíamos enterrando nuestros tacos de partida a martillazos en la tierra y conchilla apisonadas. Pero llegó. Sabíamos que si ese otro sueño, el de los panamericanos se hacía realidad, el nuestro, el de nuestro pago chico del atletismo, también iba a llegar. Y llegó.

El día que se disputó la final de los 1500 metros llanos masculinos en la flamante pista sintética, el sol brilló como lo hizo durante todos los juegos. Brillaron los atletas esa tarde en una de las competencias de pista más atractivas para cualquier espectador. Espectador que también brilló, alentó, disfrutó y se emocionó, desde cada lugarcito donde estacionó su fervor panamericano. Y es que las amplias gradas del estadio atlético no dieron abasto con tanta gana de ver atletismo del bueno. Va de suyo que la baranda perimetral de la pista no guardaba espacios libres, y superando a la canción: codo a codo, fueron muchos más que dos. Compartieron con alegría y algo de incomodidad ese privilegiado espacio donde casi casi se podía tocar a los atletas, centímetros por medio. Los terraplenes de tierra erguidos a lo largo de toda la recta opuesta y de una de las cabeceras, ofrecieron su desnivel y césped. Otra vez, todo repleto de gente. Y por allá, del otro lado del alambrado exterior, en los peraltes de piedra por encima de las boleterías del Minella… Ahí también se apelotonaron como pudieron, mirando lo que se pudo, apenas algunos tramos de la pista, también para ellos el magnetismo y la energía que manaba de las competencias eran irresistibles. Y entre medio de todo eso, atravesando los metros, y atravesando las circunstancias, un marplatense se hacía torazo en su rodeo. Es verdad, para Leonardo Malgor las medallas quedaron ahí cerquita, pero en otros cuellos. La gloria si la alcanzó, eso también es verdad. La verdad. Y es argentino y es marplatense (no me vengan con tonterías de documentos) en un deporte siempre mezquino en resultados y estrellas para nuestro país. O un país que siempre fue mezquino con el atletismo. En fin, estadísticas aparte, fue hermoso, movilizador y emocionante verlo correr, verlo competir, verlo apretar los dientes cuando fue necesario, ver la celeste y blanca tan bien defendida y tan amada. Porque eso es lo que vimos y sentimos los privilegiados presentes esa tarde, porque también amamos esos colores y sabemos reconocer a quien los ama. Y si además, te tocó transitar esa pista tantas veces y años, como me tocó a mí, y te tocó compartir y admirar a ése que años después volvés a admirar, como me sucedió a mí, entonces podés empezar a entender el tamaño del privilegio de sentirte parte. Si no se lo pude decir entonces se lo digo ahora: Gracias Leo.

malgor Face Aguilerta

Foto: Facebook Rubén Aguilera. Leonardo Malgor, hoy dedicado a la formación y al entrenamiento de atletas.

Hace 20 años los marplatenses pasamos a la acción en grande. Supimos dejarnos enamorar y convencer por un grupo de personas que se lo habían creído antes, que lo soñaron.

Y pasados esos días de fiesta y alegría, se instaló el fantasmita de la incertidumbre ¿sabríamuos aprovechar el legado que representaba una pista de atletismo de primera calidad? Hoy conocemos que sí, que se aprovechó. Habrá matices y habrá habido equivocaciones, pero se transitó con altura y amor esa responsabilidad. A partir de 1995 nuestra ciudad acaparó las competencias nacionales, se jerarquizó al entrar al circuito de torneos internacionales para la región. Hubo más de acierto (por inclusivo) que de error en el abrir sus puertas a los colegios y otras instituciones educativas. La calidad de vida del atleta de a pie, el de todos los días, mejoró ostensiblemente  al tener una batería de baños y vestuarios adecuados, una pista para las entradas en calor también sintética, unas gradas que resguardan de los extremos climáticos. Mejoró la casa, mejoramos nosotros. Es verdad que hacen falta más pistas en la ciudad, la centralidad que supuso esta carencia genera endogamia, ombliguismo, y una comodidad peligrosa. Y sobre todo genera distancia con los potenciales talentos, que no saben de geografías y barrios. Por suerte, los torneos intercolegiales, los torneos bonaerenses, los juegos nacionales Evita. Y sobre todo los acertadísimos, valiosos y bellos circuitos municipales de atletismo para los más chicos, itinerantes y bien barriales. Esa es la dirección. Y me permito robar un slogan: La verdad está ahí afuera.

Me tocó vivir ese portento humano que fueron los Juegos Deportivos Panamericanos, me tocó vivirlos en mi ciudad, nuestra Mar del Plata. Hoy me toca ensayar esta semblanza, que es oportuna no solo por la rima de los años redondos, sino porque en serio merecemos recordar que lo hicimos bien, que supimos merecernos esas alegrías. Esos momentos. Yo elegí según mi capricho, según mis tripas, los momentos que quiero recordar, que quiero resguardar, y que quiero compartir.

Me gusta pensar que como decía Sartre, cada vez que elegimos algo lo elegimos para todo el universo. Si hay una actitud moral debe ser esa: motorizar el sueño colectivo a través de nuestras decisiones de todos los días. El deporte en cualquiera de sus facetas permite este milagro, pero lo permite si estamos dispuestos a construir y sostener nuestros sueños, como lo hicieron quienes soñaron en Panamericanos mucho antes de que fuera una posibilidad. Seamos pues, dignos de ellos, merezcámonos ese buen recuerdo, y así va a durar mucho más que cualquier mal. Salud

Multimedia: Resumen de aquella histórica jornada en la cual el seleccionado argentino de vóleibol venció a Estados Unidos en el Polideportivo Islas Malvinas de Mar del Plata.

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